

Vall d'Alba ocupa un amplio valle de relieve suave, a unos 300 metros de altitud media, en el que ningún pico supera los 500 metros. Es un paisaje típicamente mediterráneo de olivos centenarios, almendros y algarrobos, salpicado de masías, pozos y aljibes que recuerdan la importancia histórica del agua en estas tierras.
Un buen recorrido arranca en la plaza de la Diputació y continúa por la calle Mayor y la calle d'Enmig hasta la plaza de la Concordia, para terminar en la plaza Mayor y la plaza de la Iglesia. En el término merecen una parada la ermita de Sant Antoni Abat y elementos de arquitectura del agua como el Pou y la Font de Beca o el Aljub del Govern.
El nombre procede de la alquería musulmana de Alba. Jaime I la donó al monasterio de Benifassà; más tarde volvió a manos reales y pasó a la Orden del Hospital, que le otorgó carta puebla en 1264, y después a la Orden de Montesa. Durante siglos perteneció a Vilafamés, hasta que el 4 de julio de 1925 se segregó como municipio independiente.
La economía combina la agricultura y la ganadería con un sector servicios en crecimiento y pequeñas industrias. Su cercanía a Castellón y su vida asociativa la convierten en un pueblo dinámico y acogedor.

Durante la última semana de agosto Vall d'Alba vive sus fiestas mayores, en las que mandan los festejos taurinos y las verbenas al aire libre. El programa incluye certámenes de bandas de música, con gran arraigo en el pueblo, bailes tradicionales por las calles, comidas de hermandad, actividades deportivas y los actos religiosos propios de las fiestas.
