

Vilanova d'Alcolea ocupa una pequeña colina a unos 400 metros de altitud, rodeada de un paisaje rural y mediterráneo de cultivos de secano. Sus calles estrechas conservan el sabor tradicional de los pueblos de la Plana y ofrecen amplias vistas sobre los campos de alrededor.
Entre las casas aún asoman lienzos de la antigua muralla árabe. El gran monumento es la iglesia de San Bartolomé, del siglo XVII y reformada en el XVIII, con una bella portada clasicista de 1740, un esbelto campanario y un retablo barroco de los hermanos Capuz. Aprovechando la pendiente de la colina se levanta el Calvario, cuyas estaciones guardan piezas de cerámica de l'Alcora y Onda del siglo XVIII y culmina en una ermita decorada con frescos del pintor morellano Joaquín Oliet.
Los hallazgos íberos demuestran un poblamiento muy antiguo. Con el paso de la Vía Augusta surgió la estación romana de Ildum, y en época musulmana la población se trasladó al altozano y se amuralló junto a una pequeña torre, origen del nombre Alcolea. Tras la conquista cristiana de 1235 recibió carta puebla de Blasco de Alagón en 1237 y otra de la Orden de Calatrava en 1244; en 1293 pasó a la Orden del Temple, que la vinculó al castillo de Peñíscola y le dio el título de villa.
La agricultura de algarrobos, almendros, olivos y viñedos convive hoy con nuevas plantaciones de cítricos y con una destacada ganadería porcina y avícola.

La fiesta de Sant Antoni de Vilanova d'Alcolea es una de las más originales de la provincia por la unión entre animales y fuego. La organizan los mayorales, que se renuevan cada año. En su acto central, la Processó de la Matxà, los caballos, engalanados y protegidos, cruzan con sus jinetes las hogueras encendidas al paso de la procesión. Después llega el tropell, una antiquísima carrera de caballos cuyo inicio nadie conoce de antemano y que termina en la calle de los Mayorales.
